En su blog Néstor Tkaczek vuelve a arremeter contra los editores definiéndolos como “pajeros”. No me propongo defender el rubro pero voy a recordar algunos casos en los que la relación entre autores y editores es tan tirante como imprescindible.
A fines de los ’90, un editor cordobés fue intimado a publicar un poemario que era “dictado palabra por palabra” por un Dios poeta; la velocidad con que el texto debía salir a la luz se debía a que, en los momentos de distracción, era el Diablo quien borraba esos textos divinos. De más está decir que los versos santos jamás “vieron la luz” porque bien es sabido que el oficio de imprentero suele ser diabólico.
Otra vez, le fueron a proponer a un editor universitario “la gallina de los huevos de oro”. Había que hacer un libro con letras de tango y un chocolate de regalo para exportar a China donde la tirada inicial debía ser de no menos de 10 mil ejemplares ya que “China estaba llena de chinos interesados en el tango”; las letras no debían venir completas y el negocio tenía una segunda parte donde se les ofrecería el tango completo cantado por una “voz consagrada” que, en este caso, tenía relación con la fábrica que realizaría la golosina. Por supuesto, el dinero debía salir de las arcas de la editorial o editoriales estatales que supieran ver el negocio.
Más cerca en el tiempo, en pleno siglo XXI, un reconocido autor neuquino rompió lanzas por algunas semanas con su editorial por un discusión acerca de si la mortadela debía cortarse en fetas o en daditos. En un rapto de furia prometió no enviar ningún original más a la casilla de correo de la editorial, hecho que el editor, paladini de la justicia, solucionó con medio kilogramo de dicho manjar cortado en cubos.
Por último, cuenta la historia que a comienzos de siglo XIX, el poeta y periodista Thomas Campbell, en una velada literaria en Glasgow, brindó por Napoleón y causó un gran revuelo ya que Bonaparte era un tirano y un enemigo de su Escocia natal. Arrepentido y acorralado por su brindis se excusó: "¡Pero señores! Él una vez fusiló a un editor."
Como editor siempre quise editar un libro con las columnas Palimpsestos que Néstor escribe semanalmente en el diario Río Negro, pero tengo miedo que me asesine y me dedique un brindis en una velada junto a Gerardo y Pablo.
