Naturaleza misionera

En un anterior posteo recordé una novela que sucede en tierra misionera: Sumido en verde temblor, de Nicolás Capaccio. El mismo autor publicó años después Aquí fue, donde recorría fotográficamente los lugares mencionados por Horacio Quiroga en su obra literaria. Aprovecho para recordar al autor de Cuentos de amor, de locura y de muerte y su "Decálogo del perfecto cuentista", publicado por primera vez en el año 1927, en el Número 24 de la revista Babel que dirigía Samuel Glusberg.



Decálogo del perfecto cuentista

I. Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo. 

II. Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo. 

III. Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia. 

IV. Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón. 

V. No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas. 

VI. Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes. 

VII. No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo. 

VIII. Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea. 

IX. No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X. No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


El primer viaje de Horacio Quiroga al norte selvático argentino fue en el año 1903, como fotógrafo de una expedición que organizó Leopoldo Lugones para recorrer los “restos del ‘imperio jesuítico’”. El viaje lo marcó para siempre.