Muchas desgracias se cuentan en torno a los correctores. En la antigüedad se los llamaba “cagatintas” y su trabajo se encuentra documentado desde finales de la Edad Media, cuando se encargaban de repasar la obra de los copistas: si encontraban algún error en la vitela, lo borraban volvían a escribir en el lugar intervenido. Si el problema era mayor, por ejemplo, la falta de una palabra, aprovechaban los márgenes para escribirla y señalaban el lugar donde debería haber ido con el dibujo de un dedo. A continuación, tres correctores de ficción que describen poéticamente su labor.
Antes de la invención de la imprenta, el papiro, la vitela o el pergamino eran insumos muy costosos y, equivocarse, un problema de escritura casi irreparable. Pero en el Imperio Romano, escritores famosos como Virgilio y Ovidio, utilizaban unas tablillas hechas de cera para hacer borradores de sus escritos. Estas tablas podían borrarse y usarse de nuevo varias veces. Para trabajar esa superficie, los escribas usaban un estilete de bronce o hierro con un extremo en punta para hacer el trazo y el otro plano, para alisar la superficie (borrar).
Pero a mediados de siglo XV, con la invención de la imprenta, el oficio de corrector adquirió otro sentido. Había que perfeccionar las pruebas de galera para que, a la hora de imprimir grandes cantidades no hubiera errores.
Un personaje de la novela Dos veces junio, de Martín Kohan dice acerca del trabajo de corrector: “Por eso pude agregar el trazo faltante a la letra ese, y que no se notara que había habido una corrección posterior. Desde siempre parecía haber sido una zeta, tal la gracia de la colita que yo adosé en la parte de abajo de la letra. Ahora la ese era una zeta, como corresponde. Pocas cosas me contrarían tanto como las faltas de ortografía.”
Rodolfo Walsh fue corrector en editorial Hachette. Su alter ego, Daniel Hernández, un personaje de Variaciones en rojo es corrector de pruebas de Editorial Corsario. Amigo del comisario, le ayuda a resolver el misterio que vertebra el relato: una mujer aparece muerta junto al posible asesino, en un cuarto que se encuentra cerrado por fuera. Por cierto, un homenaje al clásico cuarto cerrado de la novelas policiales, pero al revés.
“Mi oficio está ligado a las palabras”, explica Daniel. Por eso, y por su aguda capacidad de observación resuelve el caso. “El verdadero investigador moderno reúne en feliz conjunción ambas tendencias opuestas. Conoce el valor de la rutina, no desestima la importancia de la imaginación y el razonamiento. Sabe, con el gran Locard, que la ciencia policíaca ha nacido y se ha desarrollado en el gabinete de los escritores, pero comprende que sólo la larga experiencia permite la afortunada aplicación de la teoría”.
Por último, Nepomuceno Mus es un perro “a secas” que cuentacuentos a partir de pasarse los “días enteros viendo cómo Silvia Mus corrige galeras” en La batalla de los monstruos y las hadas, de Graciela Montes. “Confieso que la primera vez que la oí decir que traía un montón de galeras creí que nos íbamos a dedicar a la confección de sombreros de copa" –relata sorprendido–. Pero después me dí cuenta de que las galeras de Silvia Mus tenían más que ver con las palabras y los libros que con los sombreros. Ella llamaba 'galeras' a unos papeles muy pero muy escritos. Y también bastante mal escritos, a mi juicio: ¡llenos de errores! Había letras cambiadas de lugar, letras repetidas, letras torcidas, letras fugadas... Lo que Silvia Mus tenía que hacer era encontrar los errores y señalarlos. Una especie de juego. Nunca entendí por qué Silvia Mus estaba tan seria mientras corregía; a míxxxxxxxxxxxx me parecía divertidísimo, porque a veces las letras, de puro equivocarse, terminaban diciendo disparates. Había un libro muy serio de Geografía, por ejemplo, en el que se leía: 'La Patagonia es una gran masita'. Y otro, una novela de terror, donde la protagonista, al ver un vampiro, 'lanzaba un frito desesperado'. Silvia Mus se pasa las horas sacando las letras que sobran, poniendo las letras que faltan y enderezando letras torcidas”.
En la actualidad, los correctores automáticos de los programas informáticos hacen suponer que el oficio de corrector está en vías de extinción. De hecho, casi todas las redacciones periodísticas del mundo han hecho desaparecer las secciones de corrección (recuerdo cuando a fines de los ’90 La voz del interior los “reconvirtió y jubiló” a todos) y los redactores redactan la noticia directamente sobre la caja de diseño del diario, sea papel o electrónico. Así les va.
