Cuidate de la ciudad


“¿Por qué los escritores fundan ciudades?”, se pregunta Rodrigo Fresán en sus Apuntes para una teoría de la ciudad; y ensaya una respuesta: a diferencia del hombre que “comenzó a fundar ciudades para dejar de moverse”, el escritor las funda para moverse.

La reflexión se encuentra en la antología Pasaje de ida que publicó Alfaguara en 2018. Allí, también pone en boca de William Faulkner la siguiente reflexión: “si un escritor funda una ciudad, su ciudad, la mitad del camino está hecha. Si uno es el creador del territorio donde suceden las cosas que a uno se le ocurren, nada resulta inverosímil porque todo es posible.”
Pero cuando se habla de ciudades literarias, es inevitable que aparezcan en la memoria Las ciudades invisibles de Italo Calvino; aquellas construcciones que surgen en la mente viajera de Marco Polo para informar al emperador Kublai Kan hasta dónde llega su imperio. La primera edición fue publicada por la Editorial Einaudi en noviembre de 1972, y en una conferencia pronunciada una década después, el autor de El caballero rampante explica: “creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas”.
Calvino, entonces, funda cientos de ellas, quizás haciéndose eco de la sentencia de Richard Morse que Irma Cuña destaca a modo de epígrafe en Identidad y Utopía: “…debemos delegar a los novelistas y poetas la responsabilidad de dar una visión… de las ciudades.”
A pesar de todo, no es posible evitar la dificultad de habitarlas; entonces los escritores crean nuevas ciudades, o arman valijas y se van. Fresán dice: “que sería lindo eso, que las ciudades fueran como valijas”. Pero las valijas son tan difíciles de armar como las ciudades: casa o valija, quien la tiene, se encierra en ella y comienza a soñar con viajar. Este juego queda teorizado de manera preciosa por Michel Onfray en una Teoría del viaje.

Paul Auster desdobla su personaje William Wilson en una Nueva York “inagotable, un laberinto de interminables pasos” que siempre dejan la sensación de perder al más atento del caminante. “Perdido no sólo en la ciudad sino también dentro de sí mismo”.
Raymond Chandler, en cambio, no necesita detallar demasiado su ciudad para la acción de Philip Marlowe, su alter detective; le basta con un par de pinceladas donde la gente pueda caer muerte o tomarse un bourbon. “Me dolía la cabeza. No hablamos hasta llegar a la primera casa en la parte pavimentada de la calle. Entonces dijo:
-Necesita un trago.” (Adiós, muñeca, en la traducción de César Aira para Emecé)
La Buenos Aires que describe Eduardo Holmberg queda increpada por un sol con la frente ennubecida: “Han pasado trescientos años desde que comencé a iluminarte. Día a día mis rayos te han contemplado con cariño (…) ¿Por qué duermes, ciudad del Plata? ¿Por qué no me saludas con tu eterna algazara y perpetuo bullicio?”
Italo Calvino asemeja la ciudad a un libro: “un libro es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), en un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino que lo saque fuera”.
Y Robin Wood nos advierte en el último cuadro del capítulo La ciudad, de Nippur de Lagash: “Viajero, si un día cruzas el desierto… ¡cuídate de la ciudad!”
En fin, ciudades, valijas, libros, artefactos creados por el hombre de los cuáles hay que cuidarse.